
Hace un año publiqué mi apunte táctico "Hoy quiero hablar de ti"
En este 9 de noviembre pensé en publicarlo agregando algunos recuerdos, sin embargo al leerlo, me di cuenta que me gustaba tal como lo escribí originalmente.
Así que Hoy quiero hablar de ti... otra vez..
Llegaste un 15 de enero, en un año del siglo pasado. No te conocí siendo niña, así que tuve que conformarme con lo que me contabas de tu infancia.
Cuando platicabas del internado al que te envío tu abuela al morir tu madre, imaginaba una habitación gris, muy larga, con camas en ambos lados de las paredes, de esas camas individuales con cabeceras de barrotes grandes, grises también, y un pasillo entre las dos hileras de camas. Te imaginaba, con tu pelo lacio, parejo hasta los hombros, peinada del lado, con un pasador que detenía tu fleco y unos ojos grandes y tristes.
A las cinco de la mañana tenías que levantarte y bañarte con agua fría, imagino esas regaderas de antes muy grandes, ¡¡qué horror!! Aunque más horribles debieron haber sido aquellas clases de natación, en que por más que te resistías a entrar al agua, no había escapatoria. Supongo que el agua era tan fría como la de las regaderas.
Esperabas con ansia el fin de semana para poder encontrarte con tu abuela y tu hermano. Los fines de semana eran tan cortos, y la semana tan larga.
Es verdad, era imposible conocerte de niña y sin embargo, cuando en Disney World me insistías tanto en que una vez más hiciéramos dos horas de fila al rayo del sol de Miami para volver a entrar al “the small world” , a quien yo veía era a una niña feliz, que disfrutaba cada instante, que con mapa en mano marcaba cada juego en el que habíamos estado y al final de cada uno volvía a contar cuántos nos faltaban por conocer; al pendiente del siguiente show; haciendo cuentas de si llegaríamos a los fuegos artificiales y corriendo porque el camión del hotel nos dejaría.
Al verte pensaba que tal vez eso, compensaba un poco lo que no viviste en tu infancia y cuando veía tu sonrisa, casi me convencía de que así era.
¿Tu sueño? Estudiar medicina, convertirte en médico, estoy segura que hubieras sido una excelente doctora, aunque debo decir que tal vez hubieras sufrido dada tu capacidad para preocuparte más por los demás que por ti misma y por tu sensibilidad a flor de piel.
Tampoco te conocí de joven, cuando decidiste entrar a ese club de alpinismo. Durante muchos años, presumí ante mis amigas diciéndoles que yo conocía a la primera mujer que había escalado el Popocatepetl. Años después sabría, que efectivamente fuiste la primera, pero de ese club, eso a quién le importaba ya.
Es verdad, era imposible conocerte de joven y sin embargo en nuestro vuelo a Oaxaca, cuando escuchamos al piloto decir “Del lado izquierdo podemos apreciar el volcán Popocatepetl….” , te miré y vi a una joven, con el rostro iluminado, con los ojos grandes y su mejilla prácticamente pegada a la ventanilla. Pasamos tan cerca del Popo, que se podía ver el cráter y algunas fumarolas.
No fuiste a la única a la que le empezaron a rodar las lágrimas por las mejillas, la sobrecargo que estaba sentada enfrente de nosotras y yo hacíamos lo mismo. Seguramente tú llorabas por recordar tus excursiones, tus amigos, tu primer amor. Yo lloraba de la ternura y el amor que me inspirabas, y la sobrecargo supongo que de contagio por vernos.
¿Tu pasión? El baile. En el club de alpinismo organizaban baile cada ocho días, y ya cuando yo te conocí bastaba que empezaras a oír las primeras notas de “De buen humor” o de cualquier otra de Glenn Miller para que empezaras a moverte con el ritmo de la música, y a bailar con cualquiera de nosotros.
Cuando te conocí, ya eras madre de siete hijos, te recuerdo viendo la tele y advirtiendo a la protagonista de la novela, que la estaban engañando, que no fuera tonta. Te recuerdo en tus siestas vespertinas, en ese momento en que no estabas ni dormida ni despierta, cuando aprovechaba para decirte: ¿me das para comprar?
Te recuerdo y me recuerdo en el cine Paris, viendo una película malísima con Chevy Chase, pero que cómo nos hizo reír. Ese día después de la película nos fuimos a cenar al “Shirleys” de Reforma.
Cómo olvidar nuestro viaje a Italia y Grecia, cuando en nuestro primer día nos perdimos en la ciudad de Atenas, las calles estaban desiertas y la poca gente que veíamos, hablaba en un idioma extranjero y no era precisamente inglés.
Agradezco tu confianza de ir hasta el viejo mundo con una jovencita de 22 años que ni siquiera sabía si en Roma, encontraría un lugar donde dormir. Por suerte todo salió conforme mi plan y conseguimos no sólo donde dormir, sino a la persona perfecta que logró que entráramos al vaticano por esa puerta pequeñita y esos túneles que nos llevaron prácticamente al altar. Una vez más te vi emocionada hasta las lágrimas cuando enfrente de ti pasó J. Pablo II, me felicité por estar ahí.
Supe de tus sueños y realidades, de tus tristezas y alegrías, de tus miedos y fortalezas. Es verdad no te conocí de niña, no te conocí de joven, pero tuve la gran fortuna de nacer de ti.
Te fuiste un 9 de noviembre, en un año del siglo pasado pero como bien dijo la actriz y poeta Angélica Rogel, “....porque mi corazón es tu casa, nunca te dejaré ir”
Vuela este apunte táctico…. para quién mas, sino para ti.


